Atravesé tus manos y tus pies, no con clavos sino con pecados.
Tus manos, Señor, igual a las mías; pero ellas
sólo han repartido paz y ternura.
Las mías, amargura.
Tus pies, hacia la choza del pobre han dado sus pasos.
Los míos hacia el ocaso.
Cada vez que levanté mis manos para horadar las tuyas, tuve que
buscar tus sagradas palmas.
Al entrar en los clavos, mordía mi propia alma.
Siempre, Señor, ahora lo entiendo, estuviste con las manos
abiertas,
generoso hasta en el dolor y tu rostro mirando al cielo mientras yo
buscaba en ídolos, consuelo.
Mi Dios, dame fuerzas para abrir mis manos; que de ellas salgan
caricias, bondad, dulzura y caridad.
Dame la gracia de mirar al cielo y clava Tú mi corazón
con el deseo ferviente de tocar a la puerta de tu casa y decirte, sin
temor,
Abbá, Padre, aquí estoy.
Abre, que te quiero, que me muero sin tu amor.
No permitas que mis manos ejecuten violencia ni mis pies me lleven
lejos de tu presencia.
Dame la gracia de que mis manos sean tus manos y mis pies sólo
caminen a tu lado.
Oración:
Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioro hogar.
Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro trabajar.
Por tu dolorosa pasión,
Señor,
ten piedad de nosotros y del mundo entero.
Ten piedad de mí.