Tú, ves, Señor.
Fuiste Tú quien lavó los pies de otros hombres para
mostrar la modestia y el servicio
como la forma más perfecta de quererte.
Te secaré el rostro, Señor, las manos y los pies en los
que vives: en los menesterosos,
en los marginados, en los silenciados por el odio, en los
discriminados.
Y como la Verónica, que no se avergonzó para ayudarte,
dame la gracia de no avergonzar a ningún hombre al que yo ampare
y de que la vergüenza no sea la causa de negar mi ayuda a los que
la requieren.
Concédeme limpiar el rostro de los que son deshonrados por
otros,
de los que son engañados, del padre triste, de la madre
abandonada.
Te ruego me otorgues la gracia de enjugar las lágrimas de los
que no tienen trabajo,
de los que tienen cansancio, de los que la vida marcó.
Y, así como dejaste tus facciones en el paño con el que
la Verónica limpió tu rostro bendito,
deja tu huella en mi alma; convérteme en un niño.
Oración:
Señor, hallo tanto que querer y estoy tan loco por Ti,
que si pudiera ser Dios, te diera todo mi ser.
Por tu dolorosa pasión,
Señor,
ten piedad de nosotros y del mundo entero.
Ten piedad de mí.