¿Cuánto miedo tuviste, Señor?
Si el sudor de sangre ya había humedecido tu rostro en el huerto
y la agonía la estabas ya viviendo.
¿Cómo pude levantar mi mano contra Ti y apurar tu condena?
Y sigo con la mano levantada para hacerte morir en cada pobre que no
ayudo,
en cada gesto de molestia con el otro, en cada ruego que no escucho.
Ni una queja salió de tus labios, ni un reproche.
Como ahora, en que esperas, paciente, que te hable cada noche. Dame
fuerzas, Señor, para estar junto a Ti,
para no quedarme fuera del palacio donde fue tu condena;
para no levantar mi mano contra otros injuriando, murmurando,
envidiando.
Tu silencio, tu humildad, las necesito, Señor, para caminar
junto a Ti, para tomarte la mano y decirte que te quiero en cada
instante que pasas a mi lado vestido pobremente, enfermo, con
frío, llorando, pidiendo.
Oración:
Jesús, Tu eres niño, como yo, por eso te quiero tanto y
te doy mi corazón.
Tiritando estás de
frío y buscando vas calor, aunque caliente muy poco, aquí
está mi corazón.
Por tu dolorosa pasión,
Señor,
ten piedad de nosotros y del mundo entero.
Ten piedad de mí.