No contento con ponerte una corona con las espinas dolorosas de mi
soberbia y vanidad, te he dado golpes con el látigo del
desagradecimiento y te he cargado con la cruz de la ignominia.
Con mi ignominia. Pero, además, te he puesto desnudo sobre el
madero,
para recordarte la vergüenza que tuve de mi cuerpo.
¿Recuerdas cuando me acogiste en el jardín de tu casa y
me cubrí con una hojarasca?
Tu bondad es tan sublime, sin embargo, que, sin pronunciar una palabra,
me enseñaste como volver a la casa del Padre: desnudo,
Desnudo de vanagloria, oropel y bagatelas; todas naderías de mi
idolatría nacidas.
Si, Señor, me desnudaré de mi impudicia y pereza, de mi
molicie, de mi afanosa búsqueda de pequeñeces
que no llenan mi corazón. Me despojaré de mi avaricia
para vestir al desnudo, porque así te he visto
y me ha dado espanto de haberte ofendido tanto.
Desnúdame, Señor, de mi maldad, y cobíjame bajo tu
sagrado manto.
Estoy vestido, Señor, y tengo frío. Estoy harto y tengo
hambre. Tengo mis bolsillos llenos y me siento pobre.
Vivo libre y me sientro preso.
Vísteme, Señor, con tu desnudez; sáciame con el
hambre de tí;
vacíame los bolsillos y llénalos de misericordia, y
aprésame entre tus brazos y hazme libre para sembrar concordia.
Oración:
Señor, enséñanos a ser generosos, a servirte como
tú lo mereces, a dar sin medida, a trabajar sin descanso y a no
buscar más recompensa que saber que hacemos tu santa voluntad.
Por tu dolorosa pasión,
Señor,
ten piedad de nosotros y del mundo entero.
Ten piedad de mí.